lunes, 22 de mayo de 2017

Mi cuento. Lala Bugallo



          El canto del ruiseñor




Los primeros pasos del día, siempre cuesta darlos. Sin embargo, esa mañana Pierre se levantó emocionado, pensando en su prometida. ¡Que bella estaría esa tarde!
Todavía adormilado, en el baño, su reflejo le indicó que debía afeitarse. Comenzó la rutina matutina, salvo que esa mañana, decidió lavarse la cara con jabón. Estaba tan nervioso que se refregó como nunca antes, con jabón, con las manos, incluso en el cuello, distraído, con la mente divagante, pasó alrededor de 15 minutos lavándose la cara con agua y jabón. Por fin se enjuagó, ahora su reflejo se mostraba radicalmente distinto. Ni bien, ni mal. Distinto… “yo sabía que no debía refregar tanto” se dijo, “qué haré cuando mi querida Annette o el juez no me reconozca? Ya me las ingeniaré, después de todo, vivo para decir y mostrar la verdad. Creo que será un día muy bello, por suerte la visión no la perdí, ni el olfato, mmm, ningún sentido; interesante. Mejor continuo alistándome.”
     Ya vestido en la cocina, iluminada por la luz del día que entraba por el gran ventanal, puso a hervir agua y la tostadora en marcha, mientras esperaba, el diario lo informaba. En la página 3 apareció su reportaje; aunque no se pudo ver, sonrió. Su mente viajó hasta la escena que presenció esa noche, ese acontecimiento que le dió un gran reportaje pero al mismo tiempo lo introdujo en una vida peligrosa de acecho y espera. Estar en el lugar y momento erróneo puede resultar fatal. Si bien él no sabía con precisión si alguien lo había visto presenciando el crimen, los nervios, el estrés y la preocupación lo habían atormentado por dos semanas.
  El desayuno fue gracioso, el café se filtraba a su boca pero con las tostadas no hubo manera. “Que idea tan absurda Pierre”. Finalmente agarró sus cosas y partió. Decidió pasar primero por lo de Annette para ganarse su confianza.
   Lo mejor que podía hacer era apresurarse, pues ese día no podía perder ni un segundo. Salió de la casa en bicicleta por la callecita Volta, tan arbolada y colorida, sintió el dulce aroma de la panadería de don Jean, escuchó el suave canto del ruiseñor que lo había perseguido desde el momento en que se despertó, ahora más que nunca se sintió la aproximación de la primavera, incluso se detuvo en un cantero donde armó un hermoso ramo de todos colores para su querida novia. Minutos más tarde, se encontraba en la puerta violeta, siempre había dicho que esa casita parecía salida de un cuento. Toco el timbre y posó el ramo sobre su “cara”. Por el portero se escuchó la suave voz preguntando quien era:
- ¡Pierre!
-¿Pierre? Esperaba verte en la iglesia, ¿qué haces aquí?  
-No vendría si no fuese urgente. Tenemos que hablar.
Entonces sonó la llave y él ingresó por la puerta, por medio del pasillo lleno de plantitas y candelabros, por el jardín hasta las puertas de vidrio a través de las cuales ella vio aquel hombre que se acercaba y gritó como nunca antes él la había escuchado. Grito y corrió a buscar algo con que defenderse. Pierre inocente se acercó con cuidado y le dijo que era él, pero ella con el peinado a medio hacer y una sartén en la mano le dijo que no entrara, entonces el sacó su anillo del bolsillo interno del saco, ello lo miró con curiosidad, “¿de donde sacaste eso?” entonces le relató los sucesos de esa mañana pero ella parecía no escucharlo, todavía la impresionaba mirarlo.
 -“Vete. No te conozco. Lamento no poder ayudarlo pero se tiene que ir.” “
- Si me conoces. Hace 3 años, cuando entré a ese café y vi la verdadera belleza por primera vez acercándose a mí con una bandeja. Esa muchacha que sabia que tenia que conocer, la que olvidó su agendita violeta en su mesa y busqué para devolvérsela. An, soy yo querida, soy yo.
Estalló en llantos y lo abrazó.

         Pocas horas después ambos arribaban a la Iglesia. Juntos le explicaron al juez lo que había sucedido, aunque este no demostró compasión ni empatía alguna. Gritando y haciendo retumbar sus pocas amigables palabras “¿¡Es que esto es una broma!?” repetía. Y como vieron que la suerte no estaría de su lado ambos marcharon con una fe perseverante buscando el lugar correcto donde comenzar su vida nueva.

Mi cuento- Rocio Costa



Lo que tanto deseaba

Hace una semana lo vengo viendo, cada día me enamora más, es tan lindo, tan perfecto. Igual no sé porque lo sigo mirando, nunca podré comprarlo; en el orfanato  no me pagan lo ideal por todo el trabajo forzoso que nos hacen hacer. Si como escucharon, vivo en un orfanato, no sé quiénes son mis padres, más bien no sé quién soy yo, me dejaron cuando era muy chica, a los dos años , solo sé mi nombre, Martina así me llamo.
Ahora tengo catorce años y en unos días cumplo mis quince y por eso quiero tanto este vestido, siento que es ideal para esa fecha, todavía no es seguro que lo festeje, acá son muy exigentes, no les interesa gastar dinero en nosotros. Si hay un evento en este establecimiento es una fiesta a beneficio para recaudar fondos para la fundación, los cuales terminan gastando para ellos mismos en joyas, vestimentas costosas, viajes y demás cosas.
Por suerte no estoy sola en este “infierno”, hay más como yo, más chicos que no saben sobre su familia o tienen muy pocos datos, chicos que sufren la misma tortura que yo, los gritos, los golpes. Se preguntaran por qué no nos fuimos todavía, la mayoría somos menores, dos o tres pasan los dieciocho años, no tenemos a donde ir y sobre todo nos tienen amenazados con mandarnos a una correccional de menores, ya van dos veces que me que me quisieron llevar ahí. Los directores de la fundación son unas personas sin corazón que se fijan solo en ellos mismos que crearon esta  para ganar dinero para ellos con las donaciones y “trabajos” que nos hacen hacer,  con “trabajos” me refiero a que nos hacen salir a la calle a ¡robar! ¡Y ni siquiera nos brindan educación! Raro en una chica de mi edad no saber nada de matematica y muy poco de historia,se lo que nos dicen e inventan y ni de otras materias,  pero así nos cuidan, apenas nos alimentan pero por lo menos tenemos un techo y un lugar para dormir, cosa que agradezco a pesar de todo.
¿Cómo hago para que me dejen festejarlo? ¿Debería robar más para que me permitan hacerlo? Quedan cinco días para organizar todo, mis amigos me están ayudando a convencerlos, para que me dejen. No sería muy grande la fiesta, más bien es algo muy chiquito, no conozco mucha gente, solo serian los chicos de la fundación y  dos de los ayudantes de la casa que son muy buena onda y siempre nos ayudan cuando necesitamos algo.
Quedan tres días, ¡Lo conseguí! me dejaron festejarlo con la condición de que los gastos serían sacados de mi sueldo, eso me dolió pero todo por pasar esa mágica noche. Ahora solo me falta que usar. No paro de pensar en aquel vestido blanco de la tienda al frente de la plaza, acá a dos cuadras. Estoy saliendo de mi habitación, era rápido, los directores no se darían cuenta de que sali. Que lindo es el local, toda ropa que me encantaría tener , pero aca estoy con un uniforme que nos donaron hace unos meses , en la vidriera está el vestido, parece ser de mi talle,me lo voy a probar. Es como si fuese hecho para que yo lo use, la vendedora se me está acercando seguro me quiere preguntar si lo llevo, como digo que no lo puedo pagar, la están llamando  de la caja, es el momento lo quiero demasiado…
Corrí lo mas rápido que pude, creo que no me vieron salir, ya estoy entrando a mi cuarto, escondí el vestido para que nadie lo viera y me dijera algo. Acaba de entrar al cuarto y se me acercó uno de mis amigos, Ramiro,  me está contando como me encubrieron cuando me fui y me preguntó  si tenía el vestido , le conté cómo lo conseguí y como que me reto por haberlo robado pero el sabia cuanto lo quería.
Estoy escuchando gritos, es Justina, la  directora de la fundación. Hay un policía en la puerta, creo que le está hablando sobre el robo del vestido,seguro había cámaras, que tonta fui, ahora seguramente me van a mandar al correccional, como salgo de esta, mejor voy de frente y devuelvo el vestido así no se arma lió acá. Estoy acercándome a la puerta, me están cayendo lágrimas estoy tan arrepentida, Justina me esta viendo y le pregunta al policía si ese era el vestido que faltaba, el dijo que si, ella está sonriendo, le dio plata al policía y este salio. Se está acercando a mi no se que me dirá, tengo miedo. Estoy totalmente sorprendida con lo que me dijo, me perdono lo que hice y pago el vestido para que lo pueda usar, solo por esta vez porque me dijo que ella cuando tenía mi edad quería tener un vestido hermoso lo cual consiguió.
Ya pasaron dos días y no caigo de la hermosa noche que pase, fui muy feliz, me olvide de todo lo malo que tenía en mente y disfrute de mis amigos. Fue una noche mágica.


Mi cuento-Lautaro Godoy

Descanso

Como todos los martes después de laburar, gabi me recibía con esa sonrisa que recorría y opacaba todo el malhumor incorporado en la panamericana. Dejaba mi boina empapada por una lógica lluvia de abril, y ya sentía el olorcito a milangas de carne y el ruido de los pibes jugando a la pelota en el parque trasero. Un almuerzo común, como todos los martes. Después de un gran morfi se aproxima una gran siesta, y así fue. Al bajar las escaleras el ambiente que me imaginé no era el mismo, esos restos de comida que laminaban el fondo de mayólica rota con una capa informe y turbia me indicaban una variación en lo casual para mis ojos, en uno de todos los martes, después de la siesta. Algo había interceptado en esas horas de descanso, no corría aire, no hacía ni frío ni calor, y nunca pero nunca los pibes, después de lavar los platos dejan tan sucia la bacha. La cuestión es que estaba solo; solo en mi casa como nunca estuve.
Llamo a gabi, nada. Una y otra vez me senté a reflexionar si una siesta puede provocar cambios en el espacio/tiempo. Una y otra vez, me rescaté que soy electricista. ¿Cómo un ser con tan poco conocimiento acerca de lo ficcionario y todas esas huevadas se iba a proponer y concretar una revolución de los alienígenas? Dejate de joder, por favor. Agarré el auto y salí a la calle a buscar a mi familia y a seguirme comiendo el bocho con el sentido de esa siesta, como todos los martes.
Nunca vi tan vacía la ciudad. Ni un alma. Como si hubiéramos perdido una final importantísima, y la angustia se apoderara de las calles y de la gente, encerrándolas en el sillón del consumo capitalista.
La verdad me dio paja. Me volví a casa y seguí en el sueño, como todos los martes después de esas milangas de carne y esa siesta.
Me desperté transpirado. Otra vez estos sueños de mierda. Estos retorcijones sentimentales me atormentan cada vez más, y la salud, sin alma acompañante que cure, se desvanece hora tras hora. Mi nombre es Oliver Fernández, y si, soy el único boludo que sobrevivió al proyecto Mandy inaugurado en 2023, y evacuado en agosto de 2025, gracias a una “fuirzi disquinicidi”.
Todos sabemos, va, por lo menos yo lo sé, que tan idiota no soy. No existen las fuerzas desconocidas maestro, vinieron los petisos esos que brillan y te apuntan con el dedo y se fue todo al carajo; reacción nuclear y punto, todos picharon. Menos yo, que piché pero para otro lado, incorporando el conocimiento de elegir el desarrollo de mis sueños. “Fuaaa que zarpado men”. Ni a ganchos negro, perdí todo. Y eso que hay que tener cuidado para utilizar el “todo” y la “nada”, pero la verdad es que soy el único pelotudo que queda de 6 mil millones de habitantes, y encima electricista. Así que el todo y la nada, están presentes en cada minuto de mi vida hasta entonces, hasta siempre. Porque te extraño gabi, extraño a los pibes y a sus pibeseadas, todavía sigo reparando el microondas,  y si,  extraño la siesta.
Abro los ojos y simultáneamente empieza a expandirse un dolor anatómico; estoy acostado en el piso de la bañera todo mojado, con un poco de shampoo en la cabeza.
–Daniel, ya está la comida!-.  Daniel? Me seco y bajo, todavía inconcluso y sin respuesta de los últimos 20 minutos. Entro a la cocina y lo único que veo es la bacha toda sucia, y unas recién salidas milanesas de carne, un martes, después de la siesta.


pichar: morir/desviar
rescatarse: darse cuenta/ recordar

Mi cuento- Agostina Viera


El último sábado


  Aquella mañana de sábado no tenía nada de diferente a las anteriores, pero comparado a las que le iban a seguir, era especial. Me levanté antes de que el sol se pose en el centro del cielo y como el almuerzo estaba casi listo sólo comí unas galletas para saciar mi hambre, que irónico pensar que ése sería el último sábado que mi mamá cocinaría. Justo antes de sentarnos en la mesa llegó mi papá del trabajo, y aunque puede que suene extraño es la verdad, él trabajaba los sábados. Nunca voy a entender cómo podía amar ese trabajo tan aburrido y rutinario donde estaba todo el día encerrado en una oficina pero ahora extraño aquellas cenas en las que nos contaba lo que hizo ese día, aunque claramente era igual que los anteriores pero lo escuchábamos de todas formas.
  Después de almorzar ese típico y rico pollo al horno con papas que mamá cocinaba a menudo, subí a mi cuarto a hacer la tarea que era para el jueves pasado pero como claramente no la había hecho, la debía entregar obligatoriamente en la primer hora de la próxima clase. Admito que nunca fui una alumna muy buena o muy responsable pero igualmente me iba bien en el colegio.
  Cuando di por terminado mi trabajo decidí arreglar con alguna amiga para salir a caminar por el parque, que por cierto quedaba cerca de mi casa, y hablar de algo ya que el aburrimiento se estaba apoderando de mi ser. Luego de un rato sentí intriga ante cuál sería la cena de hoy, puesto que mi apetito comenzaba hacerse notar, pero más fijamente pensaba en proponerles a mis padres salir a cenar a un lugar pero nada extravagante. Aunque nunca me imaginé que no los volvería a ver, que no volveríamos a cenar juntos, ni que mi padre me contaría de sus días de trabajo ni que mi madre no cocinaría los pollos al horno que hacían los almuerzos más íntimos; pero lo que definitivamente detonó mi corazón fueron los cuidados que ellos me daban y que no volveré a recibir nunca más, porque ningunos se comparan a los que ellos me dieron. A veces la vida puede ser injusta, así como pasó con la mía y todo gracias a tres personas que entraron a mi casa a llevarse dinero y terminaron por llevarse sus vidas.
  Que sobresalto fue cuando me levanté de la cama en la mañana y noté que, extrañamente, se sentía más fría que las anteriores a pesar de que el verano estaba ya comenzado. Bajé descalza las húmedas escaleras con cara desconcertada, aunque no había razón alguna puesto que todo estaba normal. Me sirvieron mi desayuno que constaba de una taza de leche con galletitas, otra cosa común y rutinaria que se encontraba ahora en mi día a día. Nada era nuevo, pero eso ya no era novedad. Todavía seguía recordando el sonido de las sirenas y cómo las luces azules y rojas cada vez se hacían notar más y pronto un escalofrío recorrió mi cuerpo entero, así que me apresure a comer todo para poder salir al patio a tomar un poco de aire. La directora solía crear algunas actividades para nosotros para que luego entremos más "relajados" y atentos a las clases, según explica ella, pero la verdad es que yo nunca estaba de ánimos para eso.
  Los días pasaban iguales a los anteriores: leche y galletas, actividades, comida, estudios, descanso, comida, hora de descansar; nada era nuevo, nada era bueno. No quiero que por esto piensen que el orfanato era malo no, todo lo contrario. La directora y las demás mujeres de allí siempre fueron buenas conmigo, no sé si por lo que me pasó a mi específicamente o eran así con todo nosotros, pero siempre me trataron con sumo respeto, y compasión, y por lo que note a los demás también. No me quejo de mi vida, pero eso no significa que esté conforme con esta o que la festeje. Los extraño mucho papá y mamá, me duele el pecho de solo recordarlos pero sé que ustedes me tienen algo bueno para mi futuro; no siempre tendré 16 años, no siempre seré menor y cuando crezca y salga de aquí confió en que ustedes me guíen por el camino correcto, los amo.


domingo, 21 de mayo de 2017

Mi cuento- Luna Pianetti


                        El Vestido 
Corrí y corrí. Veía cómo todas aquellas enormes casas, pasaban y pasaban y pasaban. Era tan rápido que sentía que me alejaba impulsada por un cohete. Allí, ahora tan lejos de mi, estaba el viejo edificio con asientos largos de madera, ventanales y esa gran, ahora pequeñita, campana.
Pare. Ya en la plaza subí a la hamaca y pude apreciar la hermosa y suave tela blanca que estaba sobre mis piernas. No puedo creer que esta belleza de vestido sea usado en esta imperdonable y tan horrible ¡acción! Estoy ¡furiosa!. Y Soledad me lo había advertido: Valen, va a pasar quieras o no, así es la vida…
Yo supuse que todo lo que imaginaba era eso, imaginación. Ahora me doy cuenta que muchas veces por pensar algo, sucede. Si, es eso, pensar mucho hace que las cosas se hagan realidad. ¡Que se muera! ¡Que se muera! ¡Qué se muera!

Volví a correr, era tan pesado aquel maniquí, que decidí tirarlo. Pisando fuerte, todavía me retumban las palabras de Soledad  en mis oídos, como si no supiera que estos gigantes tachos verdes hay que abrirlos pisando la palanca de abajo. Se abrió con un ruido a chapas sueltas y con fuerza lo pude tirar. El estruendo fue peor al soltar la palanca. Volví a correr, ahora en dirección a la casa de Soledad. Entre por el fondo, por aquel agujero en el alambrado. Me di cuenta que todavía pasaba, desde mis 5 años que siempre lo usamos para entrar y salir sin que nos vieran.
-Valen, ¿que haces? ¿y ese vestido?
-No te atrevas a preguntar Sole, sabes bien que odio todo esto
-Pero no puede ser, subamos a mi cuarto
Ni lo dude, Sole es mi amiga, me iba a entender, no creo que a esta altura rompa una amistad de años. En el dormitorio, por la cara que tenía Sole, empecé a dudar que ella me apoyaría sin poner condiciones.
-No puedo creer, es una belleza este vestido, es muy suave, mira la puntilla que tiene.
-No me importa Sole, ¡Que se muera! ¡Qué se muera!
-¡Para Valen! solo te estoy hablando del vestido.
Me imaginaba que quería cambiar de tema o quizá convencerme de que lo que estaba haciendo, era pésimo. Yo no iba a esquivar mi objetivo: el vestido no lo devuelvo.
-¿Que pensas hacer? - dijo Soledad con un gesto de preocupación pero con cierta claridad en su voz, ya que conocía a Valentina desde hacía mucho.
-Lo voy a quemar. Listo, no me digas nada - tiró el vestido y lo pisó con fuerza.

Baje corriendo, ahora sí, segura de que Sole seria mi complice. Fuimos al quincho, Sole me dio el alcohol y solo me dijo: los fósforos yo no te los alcanzo, ¡agarralos vos!

Volví a casa. No había nadie, ¿sería que mi imaginación se había vuelto realidad?
Sonó el celular, y tan pronto escuche la primera palabra me percate que mi imaginación no había hecho su trabajo.
-Valen, ¿como estas?
-Bien mamá - contestó mirándose el pelo que tenía entre sus manos.
-Estoy ¡Feliz!, ¡Muy feliz! ¿Queres saber por qué? - la cara de Valentina se desfiguró
-mmmm - esbozó de forma sorprendida
-Me llamaron de la casa antigua de modas, esa que está al otro lado de la plaza, y como se robaron el vestido de novia que iba a comprar, me ofrecieron otro, que lo tengo en mis manos, ¡es mucho mas lindo! ¡Es precioso!

El ave María comenzó a sonar, todos se pusieron de pie. Desde el fondo vi a mi madre besando a Carlos.

Mi Cuento - Tomás de la Vega

                                                                      Alas para Volar

Soy diferente, por eso me buscan. Pienso de manera distinta, por eso me encierran. Estoy sola, por eso no fue difícil desaparecer de la sociedad. Entonces acá estoy,  en una casa pequeña que aparenta ser grande, donde gente "no normal" como yo come, duerme, sigue órdenes y cada hecho que dices es catalogado como falso o incorrecto.
Al despertarme, miro mis alrededores, blanco. Literalmente sólo veo blanco, paredes blancas, cama blanca, puerta blanca, mesita de luz blanca, piso blanco y un puñado de pastillas blancas; se ve que a los hombres de blanco les encanta ese color, ¿Será que es el color de la normalidad y la salud?. Lo único no blanco, es el reloj ubicado sobre la mesita de luz que se supone que debe despertarme. Siempre he odiado los relojes con alarmas, porque se encargan de interrumpir tu siesta pacífica con un susto que te hace saltar de tu cama para despertarte, por eso me levanto antes de que suene, lo desactivo y miro la ventana hasta que un hombre de blanco me llame.
Eran pasadas las 8 de la mañana, y se escuchó la puerta siendo golpeada: "Lira, Lira", exclamó un hombre, "A levantarse y  a dirigirse al comedor. ¡Ahora!" prefirí no contestarle, que me lo diga cara a cara. Después de unos segundos, la voz impacientada del hombre de blanco vuelve a oírse: "No abrís, entro yo" y de una patada la puerta se abre. El hombre entra con su pelada mostrando su estrés, sus anteojos gruesos, su saco blanco que le llegaba hasta las rodillas y con el mismo ceño fruncido que puso luego del "incidente".
"Me estaba arreglando, ¿acaso una joven de 17 años no puede estar bella?" le dije para que se calme, "No necesitás arreglarte si nadie se fijará en vos" respondió, me agarró del brazo y me llevó hacia el comedor.
El comedor era un lugar más deprimente que mi habitación. Tenían mesas y sillas de metal blancas organizadas de manera estricta, como si vinieron hombres del ejército a acomodarlas. Allí, en la mesa de atrás de todo, estaba la persona a la que podía llamar "compañera de plática", Lola. Como siempre, me guarda un asiento para que me siente y como soy generosa lo acepto. Cuando lo hice, vi mi bandeja de desayuno: un plato de cereales, con pastillas sobre la comida que sólo un ciego no lo notaría, y un vaso de jugo de manzana. El vaso de jugo me lo tomé sin precauciones, pero el plato de cereales ni lo toqué. De ahí se me quedó mirando Lola con sus ojos grises siendo tapados por su pelo lleno de canas: "Debes comer Lira, cada vez te estás poniendo más delgada" dijo con su tono suave y pacífico. "En serio, todavía me colocan las pastillas en mi comida" dije "Ingrid dice que te aumentaron la cantidad de la medicina desde el incidente" explicó Lola. Ingrid, su mejor amiga de la infancia que sabe todo, cuando conocí a Lola me dijo que gracias a ella está encerrada con los "no normales", o también conocidos por los hombres de blanco, como los "insanos"; nunca la conocí a Ingrid porque es muy tímida y sólo Lola  puede verla. Quería decirle tantas cosas como: "Acaso no saben que no quiero ser normal y sana como un hombre de blanco. Dicen que es lo correcto pero no es cierto, ¡Nadie puede ser normal!" o "No hubo ningún incidente, solo quería salir volando y no me dejaron". Pero se acabó el horario del desayuno, lo que significa, que hay que volver a nuestras habitaciones y seguir con nuestras vidas solitarias.
 Apenas volví a mi habitación, lo primero que hice fue mirar a la ventana mirando el horizonte, pensando si hoy lo podré hacer. Espero que sí porque no puedo soportar más tiempo encerrada. Solo hay que esperar a que sea las cinco de la tarde, ya que a esa hora es cuando los hombres de blanco se alejan. Decidí colocarme una prenda nueva para este día, abrí por primera vez mi mochila después de mucho tiempo y encontré una camisa y una pollera que no eran de color blanco, perfectos para hoy. Me lo puse con alegría porque nunca vi unos colores tan diferentes al blanco, a tierra y a cielo; "¿Será que habrá más colores?- pensé- Pues pronto lo sabré, solo hay que esperar."
 Ya era la hora y, como predije, todos los hombres de blanco se alejaron lo suficiente de mi habitación para no detenerme como la otra vez. Abrí la ventana, me metí adentro de esta y salté como nunca había hecho en toda mi vida: "Es hora de utilizar tus alas para volar" me dije. Sabía que para obtener algo deberías entregar algo del mismo valor, y este caso no fue la excepción, comencé a sentir un dolor espantoso; peor que mil hombres de blanco tironeándome  del brazo, peor que llamarme enferma, peor que estar encerrada, peor que todo. Pero recibí lo que quería, salir de mi jaula y volar, como siempre me lo he merecido. Me paré encima de mi jaula, como una muestra de victoria por haber salido de mi aislamiento, y vi a toda la gente de este lugar saliendo de manera descontrolada mirando el suelo color de tierra. Y cuando digo todos, me refiero a esa palabra en específico: los hombres de blanco, los insanos e inclusive Lola. Traté de llamar su atención, pero nadie se fijó en mí. "No vine acá para presumir a todos que pude salir por mi cuenta" me dije y seguí adelante volando a través del cielo sin mirar hacia atrás sólo a los nuevos colores, los nuevos objetos y las nuevas personas que probablemente conoceré. Siguiente sueño: Volver a mi lugar, aunque me lleve toda mi vida tratando de cumplirlo.


Mi cuento- Juan Grunberg

Se gritan los goles mientras se apagan los gritos


Se levantó de la siesta como siempre. Su cuerpo se sumergía dentro de las frazadas y a veces, por un rato, lograba olvidarse del mundo.
A pesar del frío en los huesos, los ruidos en la calle, las bocinas de los autos, pretendían ocultar lo imposible. La gente celebraba desaforada.         Parecía que nada pasaba, o nadie se daba cuenta de nada, o las dos cosas.
Fue a la cocina con su papá y sus hermanos, Matías y Emanuel. Ellos comentaban con pocas palabras apenas audibles algo que había pasado unas horas antes. Había tensión en el ambiente y nada podía ocultar la triste realidad que les estaba tocando transitar.
Comió sin ganas unas galletas de miel, y tomó un poco de café tibio que había sobrado de la taza de Matías.
Prendieron la tele. Festejos y festejos. Apagaron.
Las miradas perdidas de la familia lo decían todo, pero nadie hablaba.
Nadie se animaba a hacerlo.
Salió de su cuarto la mamá, entre dormida y cabizbaja.
Se acercó con pasos tranquilos a la mesa y se sentó sin abrir la boca.
-Una noticia buena, por lo menos- dijo Emanuel rompiendo el silencio.
Nadie le presto atención. Solo la mirada muerta de su padre.
Puro silencio como quien sabe que está de luto.
 El padre hojeaba la sección deportiva del diario: puras noticias del mundial.
La madre volvió a su cuarto igual que como había llegado.
Ana, a pesar de tener quince años, sabía muy bien lo que pasaba.
-¿Podes volver a tu cuarto?  Dijo el papá a su hija, con expresión de terror en los ojos.
Estaba teniendo una conversación secreta con los varones.
Ella no contestó nada. Solo hizo una mueca y regresó a la oscuridad de su cuarto y de su vida.
Aunque se imaginaba de qué hablaban, prefirió no preguntar.
Ya se lo había dicho el padre semanas atrás: la calle está peligrosa, no hables con extraños o mejor: no hables con nadie.
Ahora se sentía algo diferente. Seguro estaban cerca.
 Los festejos en la calle habían terminado, y lo único que se oía era mucho silencio. Ese silencio que se había apoderado de las noches desde hacía tiempo.
En la cocina, susurros. En la calle y en los cuerpos, miedo.
Empezaron a golpear la puerta de entrada. Insistentemente. Más fuerte. Cada vez más fuerte. Matías fue corriendo al cuarto de Ana:-escondete debajo de la cama- dijo y corrió a la cocina.
Ella no hizo caso, la puerta de su cuarto estaba cerrada, pero oía los gritos y golpes provenientes del living. Escuchaba llorar a su madre. Escuchaba llorar a sus hermanos. Después de tanto silencio solo sintió dolor.
Miró a través de la cerradura de la puerta: su familia completa arrastrada a palos por unos hombres encapuchados, y más a lo lejos, en la calle, un Falcon verde.
Eso fue todo lo que vio.
Y nunca más.